Por José Gisbert. Diputat Provincial. Grup Socialista.
No negaré yo que la parcialidad sea consustancial al ser humano, desde el momento en que pensamos, razonamos y tenemos sentimientos de amor y odio. Ni negaré el hecho de que tal vez seamos lo políticos quienes más dificultades encontramos para acercarnos al inalcanzable ideal de la imparcialidad. Pero es bien cierto que hay una distancia abismal entre quienes, desde su marco ideológico adoptan una postura flexible, abierta, incluso falible y con sentido de impredicibilidad, y aquellos que permanentemente, desde sus certezas subjetivas, buscan culpables externos para justificar su acción o inacción.
Que juzguen los lectores, a la vista de lo que el Partido Popular, tanto a nivel de Estado como de Comunidad Valenciana, utiliza como principal motivo, pues no puede calificarse de argumento, de su discurso: siempre hay un culpable, ya sea Zapatero, Fernández de la Vega o los socialistas de manera genérica. Los males, de existir, pues no siempre se reconocen, tienen su explicación en un agente perfectamente identificable, injusto, que no estima lo propio, que no respeta esencias patrias, ignora los imaginarios colectivos, y representa a intereses dañinos para el bien común.
Es lo que en su obra “El abuso del mal” Richard J. Bernstein, califica como la apelación al mal como arma política para enmascar el debate, para reprimir la discusión y el diálogo entre iguales. La retórica del bien y del mal, salvando las distancias con la que se derivó en el mundo tras el 11-S, está muy presente en la política española y en la valenciana, es el arma preferida los señores que dirigen el Partido Popular, también aquí en nuestra provincia. Cómo debatir sobre la idoneidad, rapidez y garantía de contar con agua suficiente con sondeos, mejorando infraestructuras, depurando y desalinizando, si se presenta como única solución un trasvase, que por cierto no apoyaba la Unión Europea. Cómo convencer de que la sanidad valenciana está muy por debajo de la media española en inversión y en camas hospitalarias por habitante, a pesar de haber recibido esta última legislatura más de cien veces más que lo que recibió con el señor Aznar, si somos los mejores del mundo mundial.
Cómo hablar serenamente de nuestra lengua, de su identidad, cuando se nos presenta a nuestros vecinos del norte como parte del eje del mal. Cómo ser justos con las aportaciones del gobierno central en inversiones en nuestra comunidad, cuando se niega la evidencia de un AVE que ya cuenta con una plataforma que surca, no siempre acertadamente, campos y huerta valenciana, o cuando una señora vestida de rojo alcaldesa y un señor con maneras de beato patrimonializan el tubo catódico en las emisiones de canal 9. Cómo debatir sobre nuevos modelos de Diputación, allí donde su presidente actúa cual soberano.
Es el reflejo de una pretensión de superioridad, que esconde un sentimiento de inseguridad, traducida en el maniqueísmo de buenos y malos, generalizante y manipuladora de la realidad. Es, como el título del libro antes citado, el uso y el abuso del mal, que pretende, a nivel nacional, acusar al gobierno de destruir la familia, a pesar de leyes tan “familiares” como las de igualdad, dependencia, ayuda por nacimientos, etc. Es la búsqueda del mal en la aprobación de nuevos derechos que no hacen sino ampliar el horizonte de las libertades; es demonizar cuestiones que no se han atrevido ni se atreverían a modificar teniendo la responsabilidad del gobierno: interrupción del embarazo, estatus docente de la asignatura de religión, matrimonios homosexuales en el futuro, y ni siquiera el trasvase del Ebro. Es, en fin y para colmo, denigrar una materia como educación para la ciudadanía. Claro que lo hacen desde el absoluto que comparten con sus aliados, parte de la jerarquía religiosa, que no con todo el conjunto de los creyentes, en defensa más de una feligresía sometida que de verdaderos ciudadanos, libres, iguales y portadores de derechos.
Fieles a los principios de estrategia política que los think tanks americanos han proporcionado a George Bush a escala mundial, para sus campañas imperialistas (fracasos rotundos por cierto), tratan de activar esquemas que albergan nuestras conciencias, ya sea el victimismo, el anticatalanismo o el peso de tantos años vividos bajo la siempre amenazante mirada de las sotanas. Y lo hacen con un desprecio absoluto a la inteligencia, con desconsideración hacia la capacidad de juicio de los ciudadanos, desde el consuelo metafísico de sentirse poseedores de verdades absolutas.
La pretensión de presentar a nuestra Comunidad o a nuestra provincia como el mejor de los mundos posibles, de cargar todas las culpas al adversario político, identificándolo con el Mal, es una corrupción más, tanto como la del cohecho y la prevaricación, pues pretende anular principios tan básicos en política como el buen juicio, la diplomacia y el discernimiento, y, lo que es peor, pretende reprimir el pensamiento libre.
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