Por Ximo Puig
Nada presagiaba la tragedia que se vivía en aquella casa normal de barrio normal en una ciudad de una normalidad apabullante. El austriaco de bigotillo recortado que ha protagonizado las portadas, los espacios televisivos, las tertulias livianas o los sesudos debates y ha conmocionado a la opinión púbica europea ejerció durante un cuarto de siglo como aquellos dioses vengativos de la antigüedad en cuyas entrañas sólo habitaba la peor versión del mal.
La espeluznante cosmovisión que les hizo padecer a sus hijos el monstruo de bigotillo recortado, la catástrofe moral que provocó en su perverso ataque a la dignidad de unas personas tan absolutamente cercanas a él, producen un desasosiego rebosado de inquietud sobre la sociedad europea.
Sí porque es que ha pasado aquí, en un país con la renta per cápita por encima de la media de la Unión, con un potente estado del bienestar, con una supuesta alta definición de la civilización. Ha pasado aquí en el norte donde se mira por encima del hombro a los subdesarrollados.



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